El formato gregario del tango



Una alumna increíblemente aplicada, bella y entusiasta que practica tango desde hace un año y que cuenta algo más de 70 abriles me relató hace poco una “mala experiencia” vivida en una milonga a la que asistió por sugerencia de otra milonguera de no más de 30 años. Cristina no tuvo con quien bailar porque los hombres la ignoraron y, además, la pista le parecía peligrosa “revoleaban las piernas al estilo Mora Godoy en el bailando”, comentó.


Mientras la escuchaba, recordaba haber leído a una mujer que se quejaba de haber sido “discriminada” al intentar ejercer el rol de conductor en una “milonga tradicional” en la que no son bien vistas las parejas de baile del mismo género. Ofendida por la situación, alegaba que “el tango es para todos”.


Como disfruto del ejercicio de reflexionar sobre las creencias que se lanzan en las redes en forma de máximas universales, se me ocurrió preguntarme:

¿El tango es, realmente, para todos? Pues bien, me animo a (y me responsabilizo por) dar mi opinión: SI… y NO.


Para llegar esta ambigua y personal respuesta, recurrí a un análisis de índole sociológico y psicológico sobre algunas características comunes a todos los tangueros.


Desde el punto de vista sociológico basta con observar la morfología de cada milonga y cada comunidad para arriesgar que el tango como danza es netamente gregario.


El público de cada milonga se nuclea por denominadores comunes de tipo social entre los cuales los más notorios son el generacional y el de la comunidad de intereses y gustos de los asistentes.


Así, y entendiendo siempre que toda regla tiene excepción y que un porcentaje relativo de concurrentes no encajan en el recorte, podemos observar que hay milongas donde el 70% de los asistentes no superan la barrera de los 45 años, otras donde abunda una generación más intermedia de entre 35 y 70 años, y finalmente otro segmento en el que la gran mayoría se ubica por encima de los 65 años.


Por otra parte y en un segundo escalón, se encuentra la agregación por núcleos de intereses comunes entre los cuales elijo mencionar algunos, no excluyentes de otros que aquí no se analizan:


1) El tipo de música que elige el musicalizador.


2) La condición del espacio (dimensión, piso, climatización, circulación, iluminación).


3) El tipo de arreglo que cada organizador establece en la asignación de mesas y sillas.


4) La modalidad preferida de invitación/aceptación al baile.


5) El objetivo esencial que con mayor claridad se manifiesta en cada lugar (exploración de movimiento, práctica, sociabilización, seducción, exposición comercial/profesional, recreación lúdica).


6) Preferencia estilística.


Si observamos lo dicho hasta el momento podemos afirmar que, sin lugar a dudas, SI: el tango es para todos en tanto toda persona que lo practique se encontrará identificada con alguno de estos segmentos. Solo se trata de explorar, conocer y aplicar la prueba de ensayo y error hasta dar con el lugar en el que cada uno se sienta mejor recibido, satisfaga más ampliamente su deseo / necesidad de bailar y logre encontrar su espacio de pertenencia social y generacional. Pero entonces, ¿por qué, en ocasiones, el tango NO es para todos? Tal vez, para suavizar el impacto, convendría decir que no cualquier tango es para todos. Pues bien, en primer lugar porque la condición gregaria de la que hablé antes tiende a incorporar al clan a quien se muestre como semejante con mayor facilidad y rechazar, o excluir, a quien no se adapte al mecanismo de funcionamiento de cada pequeño grupo de interés.


De modo tal que es esperable que, por ejemplo, en un lugar donde lo que prima es la invitación al baile a través del cabeceo una persona que se acerca a la mesa para sacar a bailar sea rechazada con frecuencia. O que allí donde las parejas en la pista sean en un 100% de género opuesto, no sea fácil para una mujer invitar a bailar a otra, o para un hombre asumir el rol femenino y que otro hombre lo invite a bailar.


Y finalmente, porque hay una realidad de la que nadie en este mundo escapa con vida: el paso de los años, y el impacto en el desempeño físico. Ahondemos en esto con mayor profundidad.


Cuando nos referimos a la división etaria en el mundo de la milonga, nos arriesgamos a enfrentarnos a debates complejos, dado que obligatoriamente tenemos que involucrarnos con las capacidades técnicas del cuerpo, la velocidad intelectual para procesar el aprendizaje y el valor de la aptitud física vs. el valor de la experiencia y el aplomo.


Para poder abordar el tema con criterio, lo primero que debemos comprender es que la perfección no existe sino como horizonte de aquellos que dedican tiempo y esfuerzo a mejorar su propio baile.


En otras palabras, la perfección como tal es inalcanzable porque:


a) Capacidad física y técnica no significan, necesariamente, transmisión de emoción. Se sabe que el éxito de un encuentro en la pista poco (¡poquísimo!) tiene que ver con la cantidad de recursos coreográficos y, por el contrario, reside en la capacidad de conectar con el otro desde la sensibilidad.

b) Edad cronológica no significa experiencia de baile. No todo aquel que porta canas puede lucir el galardón de “viejo milonguero”.

c) Aplomo y experiencia no significan que el paso del tiempo no afecte la motricidad y la calidad del movimiento (con problemas lógicos acarreados por pérdida de equilibrio, disminución de la flexibilidad y la capacidad aeróbica o desgaste de las articulaciones).


d) Años de pista no significan, necesariamente, años de estudio metódico y búsqueda de auto superación. También, en algunos casos, pueden significar repetición permanente de malos hábitos aprendidos en los orígenes.


f) Poseer una gran variedad de recursos coreográficos no significa conocer la música y saber elegir los momentos para ejecutarlas a tiempo y con cadencia.


g) La fortaleza y tonicidad muscular que confiere la juventud, no garantiza el aplomo y la suavidad que solo se obtiene con la experiencia de tratar con otros cuerpos y entender lo que es más agradable y cadencioso para el otro.


En condiciones de asepsia de laboratorio, la siguiente fórmula podría resultar en bailarines/as cuasi perfectos:


- Un comienzo temprano apoyado en buena formación técnica de base +


- Un entrenamiento constante para mantener la capacidad física, el estado general de salud y la familiaridad con el movimiento y la música que aporten consistencia a lo largo de los años +


- Una dosis ejemplar de paciencia para obtener aquello que solo los años aportan: aplomo y experiencia.


Como podemos observar, alcanzar un nivel de relativa (y subjetiva) perfección implica, como mínimo, tiempo y dedicación. Ante esta realidad a primera vista cargada de crueldad, se opone otra tan esperanzadora como verdadera: no existe el tango perfecto, pero si existen los encuentros perfectos. Solo es cuestión de reconocer en qué lugar de nuestra evolución como bailarines estamos ubicados, cuáles son nuestros intereses primordiales, y cómo podemos posicionarnos en nuestra mejor versión.


Y finalmente, en cualquiera de los estadios evolutivos, será fundamental el ejercicio de la aceptación y la adaptación para evitar la frustración. Esto es:


En los comienzos, será conveniente asumir la actitud del no saber, y 1) Dedicar tiempo y trabajo a progresar siguiendo los consejos del maestro mentor.


2) No pretender éxito inmediato en las milongas donde el nivel general de baile es claramente más acabado o donde el principiante aún no ha permanecido tiempo suficiente como para “pertenecer” al clan.


3) Aceptar con humildad toda crítica constructiva, y no enfocar demasiado la atención en la crítica que no aporta al aprendizaje y la solución de algún problema.


4) Despojarse completamente del pre-concepto. Aceptar la regla básica según la cual “A donde fueres, haz como vieres” y no pretender cambiar las reglas del juego de una comunidad determinada sin primero tomarse el tiempo de observar y comprender los por qué de las costumbres del lugar.


5) Aprender a observar y distinguir claramente aquello que nos parece agradable a la vista, para luego preguntarnos ¿por qué me gusta? (tal o cual bailarín/a en la pista, salón de baile, musicalizador). Esto nos permitirá encontrar inspiración en nuestro propio juicio estético, que, inevitablemente, irá cambiando a través del tiempo.


6) Abstenernos de juzgar una milonga, compañero/a de baile, tipo de música o conjunto de costumbres de una comunidad basándonos únicamente en una única experiencia personal. Recordemos que lo que hoy nos resulta incomprensible y molesto bien puede transformarse en un oasis de placer en el futuro.


7) Identificar en qué franja generacional nos encontramos, y enfocar nuestros esfuerzos en desarrollar nuestra técnica y nuestra capacidad expresiva superando las habilidades originales de nuestro propio cuerpo, pero respetando la decisión del otro sobre lo que le resulta o no confortable en el baile.


Con el paso del tiempo, y cuando la técnica y la práctica empiecen a resultar en solidez, será sencillo adecuarse a los ámbitos donde uno se encuentra con una generación semejante y con un grupo social afín, aceptando que no todos pertenecemos a todos los espacios ni nos identificamos con ellos.


Finalmente, aun cuando el apoyo de la solvencia obtenida a lo largo del tiempo nos indiquen que alcanzamos un nivel de excelencia, aceptar el paso del tiempo y las dificultades físicas que vienen con él será el mejor camino para adaptarnos a asistir a espacios donde podamos encontrarnos con pares dispuestos a compartir.


Es preferible entender que no existe un tango absoluto, estático y verdadero, sino una interminable multiplicidad de opciones, estilos, milongas, bailarines y bailarinas con las que cada uno se puede o no identificar y que se modifican y evolucionan con la misma dinámica y velocidad que nuestros cuerpos. En síntesis, el tango es para todos en tanto cada uno dedique tiempo a encontrar el suyo.

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